domingo 22 de agosto de 2010

Asco de Pueblo II

Dicen los defensores de los pueblos, que en ellos se respira calma y tranquilidad, que los pueblos son un remanso de paz y demás frases similares. ¿De verdad? Pues entonces será que yo tengo un oído muy fino, que digo muy fino, ¡sobrehumano!


Un pueblo es ruidoso

Sinceramente (con la mano en el corazón y todas esas pamplinas) el pueblo es mucho más escandaloso que la ciudad. Y lo dice alguien que ha vivido enfrente de unas vías del tren y encima de varios bares, y siempre le ha parecido mucho más ruidoso el pueblo de marras.

Y es que no hay sensación más infernal que estar tan agustito durmiendo en la cama (con lo que me cuesta coger a mi el sueño...), con la ventana cerrada y el aire acondicionado puesto para poder sobrevivir a los 50º que hace en la calle y empezar a oír a alguna de esas furgonetas de venta ambulante con sus cantinelas pregrabadas con hits tan exitosos como:

  • "¡Salga señora, que le traemos las naranjas guasingtonas!"
  • "¡3kilos de patatas, 2€. Salga señora y aprovéchese de esta oferta!
  • "¡Tapizamos y arreglamos muebles vieeeeejoooooo!"
  • "¡Ya está aquí el de los turrones, señora! ¡Tenemos turrones blandos, turrones duros,..."
  • y sin duda, mi favorito, el pitido de la furgoneta del panadero que nos indica amablemente que ya está el pan listo.
 Sinceramente, echo cuentas, y creo que gastan más en gasolina de lo que pueden ganar vendiendo. Eso si, al menos como método de publicidad es bueno, ¡te levantas con la melodía instalada en tu mente! Vamos que te estás duchando con la radio puesta, en la que ya puede estar sonando el "je ne parle pas americano", que tu lo oyes todo en plan "papaleamericano y muebles viejooooooooooo".

Y luego tenemos el reino animal, que no se queda corto. Desde el perro del vecino que se pasa la noche ladrando porque se le ha ido la familia de vacaciones y lo han dejado solo a cargo de un familiar que se pasa de vez en cuando o el perro del cazador que sale a las 5 de la mañana como loco, excitado por a la jornada de caza que se presenta frente a él. O los pajaritos, con sus cantos y trinos escandalosos nada más sale el sol. Que si fuesen uno o dos centenares se podría soportar, pero ya miles de ellos... . Al menos de vez en cuando escucho algunos que "te chiflan" en plan silbido atractivo, lo cual para el autoestima, nunca viene mal.

Y hablando del reino animal, no podemos dejar pasar al espécimen más generoso de la faz del pueblo. Si, si, generoso. ¿De que otra forma se puede llamar al individuo, que aún a riesgo de quedarse sordo de por vida, circula en su coche medio-tuning con las ventanillas abiertas y la música a todo volumen? ¡Que muestra de generosidad llevando la música a nuestras madrugadas! Estos bardos modernos que nos llevan la poesía del regeton a las noches de aquellos, que por hache o por be, no han podido acudir al templo discotequero de turno.

Y el consabido ayuntamiento colabora a la propagación de la música proporcionando el instrumento de percursión. ¡Que bien suenan los coches cuando pasan sobre los adoquines desnivelados de la calle! Esa orografía irregular que viene siendo modificada mes si y menos no en multitud de obras en las que no resuelven nada, que no puedes más que pensar que estarán afinando los adoquines para que a su paso retumben con una determinada melodía. 

Y no quisiera olvidarme de aquellos, que aunque deseosos de convertirse en bardos del regeton, deben conformarse con un estado larvario anterior manifestado en la ausencia de coche. Ausencia que es suplida con motos modificadas para que suenen igual que una orgía de hombres y mujeres de hojalata. Ese trozo de chapa que los anuncia tres calles antes con ese sonido metálico asqueroso, que de sonar en algo de mi propiedad miraría urgentemente si no está roto. Ese sello de visita que te dejan cuando percibes que ha pasado uno de estos individuos... ¡cuan orgullosos tienen que estar sabiendo que dejan "huella" a su paso! Que duro entrenamiento se ven sometidos, aguantando ese sonido infernal, solo para que el día de mañana, hayan perdido el suficiente oído como para poder circular con la música a todo volumen.


Y por último, y no menos importante, la gente. Si, si, la gente en sí, sin subespecies clasificadas. Sin ningún ápice de duda, la gente de los pueblos es mucho más escandalosa que la de ciudad. Esa forma de hablar a grito pelao, a varios metros de distancia, con gruñidos y demás recursos fonéticos que parecen extraídos del paleolítico, en definitiva ese "¡Eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee!" tempranero que te despierta, sobresalta y encoje el corazón a partes iguales y te recuerda, por si soñabas que estabas en otro lugar (¿mejor?) que sigues en el pueblo... 



1 comentarios:

  1. Jejeje, yo siempre he sido mucho más de pueblo que de ciudad, aunque ciertamente y tras el buen repaso acústico que das de los mismos he de concluir que, al menos en eso, los pueblos no son un remanso de paz. De todas formas las ciudades no les van a la zaga. ;)

    Voy a seguir curioseando por aquí.

    Saludos.

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